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Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

Las personas honestas no solo hacen uso de una sinceridad respetuosa y valiente: también esperan que los demás actúen del mismo modo con ellas. ¿Quieres saber cómo a través de este valor logramos construir relaciones basadas en la confianza?

El valor de la honestidad no solo nos dignifica como personas; además, actúa como un mecanismo de paz y equilibrio mental. La capacidad de ser coherentes, de hacer llegar a otros nuestra verdad, nuestras necesidades y puntos de vista facilita la convivencia. Esta dimensión actúa como esa semilla a través de la cual crece la flor más hermosa de todas en nuestras relaciones: la confianza.

Dice un proverbio ruso que con mentiras uno puede avanzar muchísimo en la vida. Sin embargo, llega un momento en que nos daremos cuenta de que no hay nadie a nuestro lado. La deshonestidad abunda, es cierto, y es difícil erradicarla porque muchos hacen de ella su mecanismo de supervivencia, de resorte para subir escalones en nuestra sociedad o, simplemente, porque ya no saben actuar de otro modo.

Vemos esto en casi cualquier esfera con mayor o menor intensidad. Exigimos honestidad a nuestros políticos, pero no siempre la recibimos. La esperamos de ciertas personas cercanas a nosotros como los amigos, la pareja o la familia, pero, en ocasiones, nos fallan. Y, cuidado, la gran parte de las veces no lo hacen con mala intención. En ocasiones, lo que falla es la capacidad de ser sinceros.

La honestidad siempre será el mejor camino en el transcurso de la existencia y en el viaje de toda relación. Queremos que los demás nos digan siempre lo que creen, piensan o sienten sin el filtro del miedo o la condescendencia. Asimismo, también nosotros debemos ser capaces de practicar siempre este valor. Porque sin reciprocidad, no hay respeto ni calidad en los vínculos.

El valor de la honestidad, sinónimo de bienestar y felicidad en nuestras relaciones

El valor de la honestidad es el primer capítulo en el libro de la sabiduría. La aprendemos casi siempre de nuestros padres, de ese primer entorno cercano capaz de inculcarnos principios de convivencia, respeto y autorrespeto. Por contra, si no la vemos, ni nos la ofrecen a nosotros mismos en nuestra infancia temprana y adolescencia, nos costará mucho llegar a creer que tal dimensión sirve de algo.

Dan Ariely, conocido escritor, catedrático de psicología y economía conductual en la Universidad de Duke, Estados Unidos, dispone de un libro titulado La (honesta) verdad sobre la deshonestidad. Este es, cuanto menos, un trabajo curioso. En él nos explica que la gran mayoría de nosotros nos vemos como personas completamente honestas. Pero, aun así, mentimos.

Mentimos a menudo por conveniencia y supervivencia social, por no contradecir a los demás, por no perder relaciones. Según el profesor Ariely, somos deshonestos en lo que, a nuestro parecer, son las pequeñas cosas de la vida. Son esas mentiras de escasa importancia, pero que, a nosotros, nos garantiza no perder una amistad al decirle, por ejemplo, que su forma de vestir nos parece estrambótica.

Ahora bien, hay algo en lo que insiste en su libro: hasta las pequeñas mentiras pueden resultar en un momento dado devastadoras. Las pequeñas mentiras, a veces, nos llevan a decir otras y, más tarde, otras más significativas. La deshonestidad no sabe de tamaños. En pequeños o grandes actos, siempre tiene su efecto.

La retroalimentación honesta, una dimensión que facilitar a diario

El valor de la honestidad adquiere mayor trascendencia cuando se aplica mediante la retroalimentación. ¿Qué quiere decir esto? Significa que cuando tú y yo somos capaces de ser honestos el uno con el otro construimos una adecuada confianza. Y no solo eso. Al actuar con sinceridad, transparencia y respeto entre nosotros nos ayudamos mutuamente y nos permitimos crecer como personas.

Por contra, hay quien, por ejemplo, no tolera los comentarios honestos. A veces, decirle a un familiar «hoy no puedo ir a verte porque necesito tiempo para mí mismo» pude suponer poco más que un enfado o malinterpretar algo que no es. En ocasiones, el valor de la honestidad crea discrepancias, sobre todo para quien no tolera que se le contradigan o que hagamos uso de la sinceridad.

Ahora bien, más allá de todo esto, hay una evidencia: este tipo de sinceridad debería ser la norma en nuestra sociedad. En esto mismo coincide un interesante artículo de la Universidad del Sur de Dinamarca, donde evidencian las serias secuelas de la deshonestidad.

La honestidad como ejercicio de salud mental

El valor de la honestidad nos hace libres. Lo consigue porque nos permite soltar lastre: el de la falsedad, el de la necesidad de quedar bien aunque nos estén boicoteando. Pocos ejercicios de bienestar psicológico son tan útiles como ser claros en nuestras emociones y sentimientos, siempre desde el respeto, obviamente. Decir lo que pensamos y necesitamos crea límites de protección y, también, construye puentes por los que discurre la confianza.

Si bien es cierto que este acto nos puede hacer perder alguna relación. Sin embargo, si no se nos permite ser honestos, es que esa relación se alimenta de la falsedad y la condescendencia y todo ello, a largo plazo, resulta dañino. Esta competencia impulsa el que podamos crear una imagen más positiva de nosotros mismos y, a su vez, ayudarnos a crear relaciones más valiosas y auténticas. De nosotros depende.

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